Lectura de Elena

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jueves, 8 de mayo de 2014

Once minutos esperando el Bus

Mientras caminaba hacia la parada del Bus, no dejaba de pensar que siempre era lo mismo. Cada día era calcado al anterior y nunca se acontecía algo diferente. A veces me gustaría que pasara algo gordo… no sé, un poco de emoción en mi vida me iría fenomenal.

Llegué a la parada y me senté, más o menos donde siempre, ya te digo que cada día era calcado. Miré la hora, eran las siete y cuarenta y nueve de la mañana, así que faltaban once minutos para que llegara mi Bus. El primero del día era puntual. Crucé las piernas y me acurruqué un poco contra la esquina de la parada, y por un momento cerré los ojos. Pensaba en que once minutos cuando estás aburrido, es demasiado tiempo para esperar.

Algo estremecedor sonó de repente. Un fuerte estruendo quebró la calle casi por completo y un seguido de fuertes explosiones, se iban acumulando entre las grietas del asfalto y las aceras. Las farolas se desplomaban como si fueran de alambre fino y las fachadas se iban desmoronando como castillos de naipes demasiado usados. Las sirenas de ambulancias y bomberos aullaban a lo lejos la urgencia de los acontecimientos. La gente corría sin norte y los gritos de socorro se entonaban a miles. Una parte de la acera donde me encontraba empezó a abrirse con suma rapidez, y mis ideas para salir de allí eran escasas en ese instante de tensión.

Pero me bastaron unos pocos segundos para dar un salto y pasar al otro extremo antes de que aquella maldita grieta se tragara la parada del Bus. Miré a mí alrededor y sólo percibía agonía, miedo y voces de auxilio clamando ayuda desesperadamente. Tenía que trazar un plan estratégico con el que poder salvar al máximo de personas posible. Empecé por recoger a un par de críos que se había separado de su mamá cuando el asfalto empezó a desquebrajarse. Tras ponerlos a salvo a los tres, empujé parte de un edificio que empezó a desmoronarse, para impedir que la parte superior cayera encima de un grupo de personas que quedaron aisladas en una zona peatonal.

Me colé en un garaje cercano para comprobar si había alguien en peligro. No me equivoqué. Tuve que ingeniármelas para colarme entre varios vehículos amontonados, seguía la llamada de socorro de varias personas y el sollozo de unos niños. Supongo que eso fue lo que me hizo sacar fuerzas de no sé donde, para apartar lo que tenía por delante hasta llegar donde estaba aquella gente. En total eran siete personas, que evidentemente no podía sacar de una vez. Pero mi ingenio, de nuevo funcionó. Se me ocurrió llevar a aquellas personas hasta un furgón que tenía a unos ocho o diez metros y meterlos dentro. Una vez los tuve a todos bien sentados y aprovechando el espacio libre que había hecho para llegar hasta allí, arrastré el furgón. Mis fuerzas iban a más, parecía que cuanto más me esforzaba, mejor me encontraba. Seguí empujando hasta conseguir sacarlo al exterior. Acerqué aquel furgón hasta un puesto que hubo montado los servicios de emergencia sanitaria.

Mi labor aún no había terminado. Al otro extremo de la avenida, una columna de humo negro y espeso me indicaba mi próximo rescate. Con una velocidad que jamás hubiera imaginado, ni yo ni nadie, me situé en el lugar exacto donde tenía que ayudar. Era como si las ideas surgieran solas, o mejor dicho, la intuición iba por delante de cualquier intención o propósito.
Se había producido un incendio en un edificio de oficinas y se había extendido a dos viviendas. A pesar de que era evidente la gravedad del siniestro, los servicios de bomberos no habían llegado, obviamente estaban ocupados en otros incidentes y rescates. Tras asegurarme que el edificio estaba desocupado, fui primero a ver si quedaba alguien en las viviendas. Por suerte todo el mundo había podido salir. Salvo por algunas rozaduras y contusiones leves, estaban todos bien.

Para sofocar el incendio se me ocurrió subir como un rayo por el edificio de oficinas, pasando por todos los WC y abriendo todos los grifos posibles, también abrí las bocas contra incendios para que el agua se colara por cualquier agujero, grieta, boquete o hueco, provocando el enfriamiento del edificio y apagando el fuego. Cuando terminé con el tema del agua, me encontraba en el piso cuarenta y dos, el último, y de allí accedí a la azotea. Me asomé aprovechando la altura para poder ojear lo que estaba sucediendo. Era realmente caótico. Pero lo mejor fue ver a muchas personas atendidas por campamentos sanitarios y otros muchos ya a salvo.

Los estruendos habían disminuido, aunque aún había movimientos de tierra. Desde allí arriba, me sentía como un gran héroe salvando la ciudad de no sabía qué, y eso tenía que averiguarlo, Fui bordeando poco a poco el edificio con intención de observar lo que ocurría por los alrededores. De pronto vi una especie de maquina rara, me detuve y la observé. Estudié sus ángulos y puntos débiles durante unos segundos. Cuando supe por donde entrar en ese montón de hierro, salté al vacío en dirección a aquella cosa. En cuatro saltos me planté delante de aquel trasto indefinido. Golpeé lo que me pareció una puerta varias veces. Allí no contestaba nadie. Golpeé de nuevo más fuerte y la puerta cayó hacia dentro. Me colé en el interior y un ambiente frío y seco me invadió por completo. En voz alta grité si había alguien… no hubo respuesta. Lo único que reaccionó fueron un conjunto de luces brillantes que llamaron mi atención. Me dirigí hasta el panel en cuestión y observé unos minutos la secuencian de las luces. Parecía fácil la combinación que se presentaba, pero no toqué nada hasta asegurarme. Cuando estuve seguro que debía hacer y cómo, me acerqué al panel correspondiente y apreté una secuencia contraria a la que se había producido unos segundos antes. Todo lo que había por allí, se detuvo de inmediato.

Un fuerte bocinazo sonó dentro de mi cabeza atolondrada. Me desperté, abrí los ojos y vi el Bus parado frente a mí y al conductor haciendo ademanes para que me subiera o si no, se marchaba.

Me caguen la ostia… me levanté del asiento de un brinco mirando a mi alrededor, buscaba las grietas, el humo, los gritos de auxilio y los llantos, e intentaba escuchar las sirenas y yo que sé que más… Bueno sí, también buscaba aquella puta máquina rara y la secuencia de lucecitas. Y lo único que vi era la luz intermitente de la máquina lectora del Bus, que marca las tarjetas de viaje.

Joder…  yo creí que estaba siendo un día diferente, que era un superhéroe… y resulta que sólo  fue un sueño de once minutos.

Lorenzo López  








lunes, 5 de mayo de 2014

6ª Crónica

Hola querida Elena

Deduzco que estás curada del resfriado, porque en los audios que he recibido tu voz es de caramelo, como siempre... muy dulce. 
Te felicito por los dos cuentos que me has hecho llegar. Realmente bonitos, en especial el que titulas “Noche de luna blanca”. Para dormir tiene que ser maravilloso escucharlo. Y de hecho una de estas noches lo probaré. Cuando esté en la cama, me pondré los auriculares e imaginaré que estás allí contándome ese cuento… mientras se duermen mis sentidos escuchando tu dulce voz.

Lo demás todo sigue casi como siempre, escribiendo mientras vivo y recordando que estás ahí atendiendo mis pensamientos.

Que pases una feliz semana amiga.


Te quiere Lorenzo López

jueves, 1 de mayo de 2014

Aprovechar la ocasión

Mi aburrimiento hizo que me fuera a la cama más temprano que de costumbre. Aunque no quería. No recuerdo la cantidad de vueltas que di hasta quedarme dormido.
Me desperté sin más. Mis ojos se abrieron tanto que a pesar de que aún era de noche, pude ir al baño sin dar la luz. Cuando regresé de mear, me senté en el borde de cama y miré la hora. Eran las cinco menos cuarto de la madrugada y yo despejado del todo. Me acerqué al balcón del comedor, lo abrí y me asomé para ver qué tal se presentaba el día. Hacía freco, pero se me pasó por la cabeza salir a dar un buen paseo.

Me levanté en cuello de la chaqueta me subí un poco más la cremallera y me aventuré por la calle que tenía casi enfrente del portal de casa. Despejada de transito y con pocos coches aparcados, avanzaba andando por el medio de esa calle sin más preocupación que pensar hacia qué lado giraría cuando llegará la final de la misma. Decidí que a la izquierda. Anduve arrimado a la pared unos veinte metros, luego volví a caminar por el medio de la calle. Apenas había andado unos pasos por el medio de la calle y me pareció escuchar el sonido de una motocicleta. A aquellas horas cualquier sonido aunque fuera lejano, era como si estuviera allí mismo.  Nuevamente me arrimé a un lado y me puse tras uno de los pocos coches que había aparcados. Me equivoqué, no era una moto, era un coche que venía muy despacio. Este se detuve unos pocos metros delante de mí. En el interior iban dos personas que no podría describir, ya que me quedé tras aquel coche por curiosidad. Incluso dudé que aquellos dos perlas supieran que un alma despejada deambulaba por la misma calle que ellos a esas horas. Seguí quieto en la penumbra observando.

Los compinches se apearon del coche casi al mismo tiempo. El conductor se quedó al lado de la puerta por la cual había salido. Supuse que vigilando, pero no imaginaba el porqué. El que salió por el lado del copiloto, se fue a la parte trasera del coche y abrió el maletero. Sacó una caja de tamaño mediano, y que parecía pesar un poco. Dio unos pasos y se colocó justo frente al contenedor verde, lo abrió y deslizó aquella caja con cuidado, supongo que para no hacer ruido. Se volvió y fue hacia el coche. Casi al mismo tiempo que se cerraban las puertas, el motor se puso en marcha y tan despacio como habían llegado, desaparecieron en la madrugada aún oscura.

Mi cabeza se quedó dando vueltas a lo que aquellos pardillos habían hecho. Algo malo estaba pasando. Me dejé de ostias y como por allí no había nadie, ni tan solo una luz encendida de ningún vecino, decidí ir a buscar la caja. Abrí el contenedor, me asomé y miré dentro. Mal contadas habría una docena de bolsas, de las que doy fe que sí era basura de la que marca diferencias. Tomé aire y me emparré por aquel contenedor.  Al estar casi vacío, aquella caja había quedado muy abajo y me costaba llegar, pero insistí haciendo un último esfuerzo… hasta que caí dentro. Una vez en su interior y empapado de aquella mierda que hedía como para ponerte el bello de punta, decidí abrir la caja allí mismo. Coño… Vaya sorpresa que me llevé. No entiendo cómo se puede ser capaz de tirar estas cosas en un contenedor de basuras. Cerré la caja y apilé todas las bolsas de basura una encima de otra, hasta conseguir una altura más o menos suficiente como para poner la caja encima y así poder cogerla desde fuera. Salí del contenedor, miré a ambos lados y todo seguía igual  de tranquilo. Mi ropa estaba acartonada y olía como para tirarla allí mismo e irme a casa en pelotas. Hasta se me saltaban las lágrimas de la peste. Pero lo que encontré no podía quedarse allí. Cogí aire de nuevo y me asomé para agarrar la caja. Quería alejarme de aquel contenedor y de su aliento putrefacto. La caja estaba pringada y mis manos resbalaban, bueno la verdad es que todo estaba bastante resbaladizo. También mis zapatillas patinaban más de lo que quisiera. Menuda tenía liada en la calle, aquel tufo desagradable se colaba sin permiso por cualquier sitio. Como pude sostuve la caja para que no se me cayera y empecé a caminar. Lo hice durante unos pocos minutos, cuando un furgón me cortó el paso. Se detuvo a diez metros, más o menos frente a mí. Vi bajar la ventanilla de la puerta, y un tipo de color, un negro vamos, me preguntó si tenía lo suyo. En aquella situación resbaladiza de manos y pies ni tan sólo pensé en corren. El negro se bajó del coche y me dijo. Llegas a tiempo. Bien danos la caja como habíamos quedado. Y lentamente caminaba hacia mí.

Mis uñas al más puro estilo “garras”, se aferraron a la caja, tanto, que los calvos de Cristo parecían chinchetas. Cuando el tipo de color estuvo suficiente cerca como para que la peste de mis ropas de le colara hasta las sienes, no sé movió ni un centímetro. Renegué y solté un par de tacos de los fuertes. Cabrón, gilipollas… que estoy muy loco tío…, y cosas así para acojonarlo. Pero lo que conseguí fue que viniera su amigo que se hubo quedado en el coche hasta entonces. Ese tipo con cara de muy mala leche y unas manos grandes como panes, se acercaba con chulería hacía mí y traía una mochila colgada de su hombro derecho. Yo aflojé de hacer el tonto, que remedio, aunque aún seguía remugando mientras les pregunté qué estaba pasando. El de las manos como panes me lanzó la mochila medio abierta cerca de mis pies. El cabrón no quiso acercarse a mí, supongo que por el pestazo que aún desprendía. Miré la mochila, me agaché y comprobé que contenía billetes de cien euros. Aquel tipo insistió en que le abriera la caja para echar un vistazo y así lo hice. Le echó un vistazo y asintió con la cabeza. No entendía día, yo sólo quería hacer las cosas bien y aquellos tipos me lo estaban impidiendo. Los miré a ambos y haciéndome el valiente les pregunté la cantidad de dinero que había en la mochila. 100.000 euros… ese es el precio que nos dijeron que valía la tinta para los billetes. Dijo el de las manos grandes.    

Y no se me ocurrió otra cosa más que preguntarles, que si estaban seguros que esa era la cantidad que iban a pagarme por aquella caja. Y manda huevos, porque no sé que entendieron aquellos dos, pero el grandote se fue al coche y volvió con un sobre enorme, que esta vez sí me dio en mano, diciendo… ahí van otros 100.000. Y no te daremos ni un céntimo más. Y me señaló la caja con aquella mirada que asustaba al miedo. Tenía que seguir fingiendo el rollo que me había montado, y le pedí hacer un intercambio. Darles mi caja por la mochila, el sobre y las bambas del negro. Tal y cómo estaban las mías no podría correr ni diez metros.

Sin llegar a pestañear, tuve las zapatillas junto a la mochila. Mis uñas seguían clavadas en aquella caja. La dejé en el suelo y me senté encima, era una forma de que no se la llevaran antes de que me calzara las bambas, que aunque me iban un poco grandes, no resbalarían en mi huida. Me levanté, puse el sobre dentro en la mochila, la cerré y mientras tanto retrocedía unos pasos sin dejar de mirares y abandonando la caja.
Parecía que todo estaba saliendo bien. Quiero decir que se lo estaban tragando. No sé a quién esperaban pero no era a mí. Así que me giré y eché a correr todo lo deprisa que pude antes de que apareciera alguien con la caja buena. Sólo pensaba en alejarme de allí lo más rápido y lejos que pudiera.

La casualidad del lugar, la situación que se había producido y las ganas de obedecer a vete a saber quien, se unieron aquella noche. yo sólo aprovechaba la ocasión. Aquellos dos tipos me habían pagado 200.000 mil euros por una caja, que unos minutos antes recogí de un contenedor cercano. 

Lo peor no era pensar lo que yo había pasado a cambio de los 200,000 euros. Lo que no podía imaginarme, era que iba a ser de aquellos dos tipos cuando descubrieran que había en la caja no “la tinta para los billetes”.

El contenido de la caja eran cuatro garrafas de aceite de motor usado, que yo quería dejar en su contenedor correspondiente.


Lorenzo López




martes, 29 de abril de 2014

5ª Crónica para Elena

Amiga Elena.

Te escribo estas letras para hacerte saber que dentro de cómo está todo, voy aguantando. Por tus notas, sé que estás bien. Lo del achuchón de tu abuela, ya me fastidia, aunque sé que está mejor, dale mil besos por favor.
Hace unos días vi una publicación de un aparato que se pone en el dedo y mientras sigues las frases con el mismo dedo, las va leyendo. Por supuesto que pensé en ti y aunque sólo es un proyecto, seguro que algún día tendrás uno. Me hizo gracia la nota de voz que me mandaste con tu comentario sobre el último mini relato “El chándal de los Domingos”… me alegro que te gustara y que te hiciera sonreír.

No están siendo momentos fáciles, pero lucho por seguir adelante, por imaginar lo más parecido a lo que tú imaginas. Muchas noches cuando me voy a la cama, aprovecho la oscuridad para intentar apreciar los sonidos como lo hacéis los invidentes i hacerme una idea de que podría ser. Insisto en ello hasta quedarme dormido. Me gusta colarme en esa forma de apreciar e imaginar las cosas, como tú me sigues enseñando, para poder transmitir mejor mis sentimientos e ilusiones.

Siempre estaré para lo que necesites.
Te quiere siempre. Lorenzo López.